Lic.
Tere Rodríguez Yrízar / e-mail: tereyrizar5@aol.com
Se dice que todo escritor con corazón tiene un
gato acompañante o inspirador, que lo sigue y
lo protege. “Un escritor sin gato, es como un
ciego sin lazarillo”, han afirmado algunos poetas.
Y haciendo un recuento de escritores famosos con sus
gatos, desde Charles Perrault (El Gato con Botas) hasta
Lewis Carroll (Cheshire), me he detenido en uno de los
más grandes poetas mexicanos: Jaime Sabines (qepd).
Muchos hemos escuchado o leído “Los Amorosos”
o “Me encanta Dios”, pero pocos sabemos
que este talentoso hombre dedicó un poema precisamente
al enigmático gato. Sabines, bien llamado “el
francotirador de letras”, encontraba poesía
en todos los rincones y circunstancias de la vida cotidiana.
Por eso, a continuación deseamos compartir “El
Gato Loco”, título de esta creación:
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“Lo he calumniado. Le he llamado
el gato loco; he dicho que necesitaba un psiquiatra.
Me he burlado de él torpemente. En cuanto empieza
a oscurecer, mientras la gata se acomoda en los sillones
de la sala, el gato bizco comienza su ronda nocturna:
da doce o quince vueltas alrededor,
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dentro de mi cuarto, pegado a las paredes, debajo de
la cama, detrás del buró, con un itinerario
fijo e insistente, luego sale al patio y se pasa toda
la noche, dando vueltas y vueltas, maullando, buscando
algo, alguien, tenazmente. El paso es veloz, su actitud
alerta, inquisitiva.
A las siete de la mañana, más o menos,
se viene a dormir. Y así todos los días.
Me preguntaba si se sentía prisionero, angustiado
o qué.
Hoy me he dado cuenta que es sólo un oficio:
él patrulla la casa contra fantasmas, malas vibraciones
y extraterrestres.
De aquí en adelante le llamaré el patrullero
de la noche, el vigilante del amanecer”.
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Ya con la puerta abierta y los cristales rotos, los
vecinos pudieron ver a la mujer en el piso, custodiadas
por sus fieles gatos, quienes parecían revivir
a la anciana con maullidos y movimientos. Era un cuadro
escalofriante. Después de la intervención
de las autoridades, se supo que todo cuanto tenía
se los había dejado a sus gatos, quienes conocedores
de esta voluntad, siguieron durante meses habitando
la vivienda.
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Hoy la casona conserva las ventanas rotas,
la puerta de madera y las decenas de gatos herederos de
los bienes. Los vecinos han aprendido a respetarlos. Se
dice que estos felinos se han vuelto salvajes. Se dice
también que el espíritu de la mujer ronda
por la calle. Que a veces su silueta se aparece. Que a
veces también, hule a thés extraños.
Cierto o falso, esta leyenda vive. La casa y los gatos
siguen allí, vigilantes, desafiando al tiempo.
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